Cuando hablamos de Tecnologías en seguridad, la decisión de compra rara vez es “impulsiva”. Suele ser una respuesta racional-emocional a una misma ecuación: riesgo percibido + necesidad de control + confianza en la solución. Desde CASEL (Cámara Argentina de Seguridad Electrónica) analizamos los principales motores que llevan a una persona o una organización a invertir en protección, y qué esperan hoy del ecosistema de empresas, instaladores, fabricantes y centrales de monitoreo.

El disparador más común, la percepción de vulnerabilidad (aunque no haya un hecho reciente)

Los datos ayudan a entender por qué el tema se instala en agenda. En Argentina, durante 2024 se registraron 466.368 robos (tasa 990,8 cada 100.000 habitantes) y 376.498 hurtos (tasa 799,9), según el Informe Ejecutivo del SNIC.

Y aunque el país muestra una tasa de homicidios dolosos de 3,8 cada 100.000 habitantes en 2024, la sensación de riesgo en la vida cotidiana no se explica sólo por homicidios: la experiencia urbana suele estar más asociada a robos, intrusiones, arrebatos y delitos de oportunidad.

A nivel regional, el “miedo” también aparece como un fenómeno estructural: la OCDE reporta que casi 9 de cada 10 personas en América Latina y el Caribe dicen estar siempre, frecuentemente u ocasionalmente preocupadas por convertirse en víctimas de un delito violento, y 14% declara que alguien de su hogar fue víctima de un delito en el último año.

Psicología del consumidor, por qué “sentirse seguro” pesa más que “estar seguro”

En términos de psicología, la compra de seguridad se apoya en sesgos y necesidades muy concretas:

Heurística de disponibilidad: si un robo cercano “se escucha” más (en el barrio, el grupo de WhatsApp, redes), el riesgo se siente más probable.

Aversión a la pérdida: la mayoría prefiere pagar para evitar una pérdida grande (intrusión, mercadería robada, información, continuidad operativa) antes que “apostar” a que no pase.

Búsqueda de control: la tecnología que permite ver, registrar, recibir alertas, verificar y actuar baja la ansiedad, porque transforma incertidumbre en información.

Confianza y legitimidad: si el usuario duda de la respuesta institucional, crece la tendencia a “autoprotegerse”. En la Encuesta Nacional de Victimización (INDEC), la desconfianza en las autoridades aparece como principal motivo de no denuncia (alrededor de un tercio de los casos), y además se observa que 47,5% de los delitos contra el hogar y 66,3% de los delitos contra las personas no fueron denunciados.

Este punto es clave: cuando el delito no se denuncia o no se resuelve, el consumidor no sólo busca equipos: busca certeza, respuesta y acompañamiento.

Motivaciones distintas: hogar vs. empresa (pero con un punto en común)

En el hogar, la motivación principal suele ser proteger: la familia (integridad), la vivienda (intrusión), y la “tranquilidad mental” (poder descansar, viajar, trabajar).

La evidencia muestra cómo esa preocupación se vuelve masiva: el INDEC registró que en 2016 13,6% de los hogares sufrió al menos un delito contra el hogar, y el robo/hurto en vivienda afectó al 8%.

En la misma encuesta, 85,4% de los hogares declaró tener alguna medida de seguridad, y 85,1% consideró la inseguridad en su ciudad como un problema “bastante o muy grave”.

En la empresa, además del factor humano, entran motivaciones económicas y operativas: continuidad del negocio (evitar paradas), protección de activos (mercadería, equipos, vehículos), reducción de pérdidas y conflictos, y control de procesos (accesos, trazabilidad, auditoría).

En ambos casos, el denominador común es el mismo: la seguridad deja de ser “un gasto” cuando se entiende como gestión del riesgo.

Cómo acompañan hoy las empresas: de “vender equipos” a diseñar experiencias de protección

El mercado maduró. El usuario ya no compra sólo una cámara, una alarma o un control de acceso, compra un sistema confiable y, sobre todo, una promesa de funcionamiento real.

Desde CASEL, observamos 5 expectativas que hoy definen la decisión:

Diagnóstico profesional: relevamiento, análisis de escenarios, puntos ciegos, hábitos de uso y niveles de riesgo.

Diseño de solución: capas de protección (detección, verificación, disuasión, registro, respuesta).

Instalación certificable y mantenimiento: calidad de instalación, pruebas, respaldo, soporte.

Usabilidad (UX): apps claras, automatizaciones simples, alertas accionables; menos “configuración”, más “tranquilidad”.

Confianza y ética: tratamiento responsable de datos e imágenes, permisos, ciberseguridad, transparencia en qué se graba, qué se guarda y quién accede.

El desafío 2026, confianza, profesionalización y educación del usuario

La seguridad electrónica no compite sólo por precio: compite por confianza. Y la confianza se construye cuando el sector: profesionaliza instalaciones, capacita al canal, educa al usuario final, adopta buenas prácticas de ciberseguridad, y comunica con claridad qué problema resuelve cada tecnología.

Desde CASEL, reafirmamos que el crecimiento del mercado debe venir de la mano de un estándar: más conocimiento, mejores instalaciones y soluciones orientadas a la vida real. Porque al final, la motivación de compra es simple de decir, pero profunda de sostener: las personas y las empresas invierten en seguridad para recuperar algo que vale muchísimo: la tranquilidad de poder vivir y trabajar sin miedo.

 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 23 de enero de 2026.